Perspectivas económicas y políticas sobre el salario mínimo. Lucha de clases, monedas de cambio y las lecciones de la historia

Posted on julio 6, 2012

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En línea con el despertar  de los movimientos sociales durante los últimos años en Chile y el apoyo ciudadano transversal a las demandas por una transformación sustancial del sistema político y la institucionalidad económica, la discusión sobre el salario mínimo ha abierto un nuevo flanco en los esfuerzos por penetrar “el modelo”. Las justificaciones del gobierno y las negociaciones de los ministros respectivos por mantenerlo a raya se han visto frustradas por la dura posición adoptada por la CUT –en medio de un período de elecciones internas y fuerte cuestionamiento a su dirigencia-, de la oposición parlamentaria –ídem- y del propio partido del presidente quien intenta re-posicionarse como actor relevante de la agenda del gobierno ante el poder de sus socios de la UDI. La discusión –y la confrontación política- se ha centrado en el nivel del salario mínimo. Mientras el argumento oficialista repite una vez más las conocidas admoniciones de “manual de economía”, nuevos actores como Fundación SOL han emergido en el último tiempo planteando argumentos técnicos que desafían la hegemonía del mainstream neoliberal. El planteamiento de estos últimos se basa fuertemente en la historia económica -el salario mínimo en Chile es mucho más bajo que el que tenían los países desarrollados cuando tenían el mismo nivel de desarrollo que tiene Chile ahora- como elementos normativos fundamentales: el salario mínimo actual no alcanza a satisfacer la línea de pobreza para un hogar promedio.

Coincidiendo con los análisis de Fundación Sol, el siguiente texto plantea, sin embargo, que la discusión sobre el nivel del salario mínimo no logra tocar el meollo de la situación actual: la negociación por dicho valor. Ello resulta fundamental en circunstancias en que las autoridades económicas y técnicos de diversos colores apuestan por remplazar el procedimiento actual por alguna fórmula que permita saltarse dicha negociación. La reflexión se basa en una revisión sucinta de la experiencia de los países de la OECD respecto al conflicto por el salario mínimo y la importancia de las instituciones de concertación social para lograr al mismo tiempo conquistas sociales y buen desempeño económico. Estas experiencias, y las lecciones de la crisis, aportan un nuevo ángulo desde el cual mirar la discusión actual: no es tanto el nivel del salario mínimo lo que importa, sino la moneda de cambio que se ofrece y cómo se logra institucionalizar las conquistas.

La crisis del keynesianismo y las respuestas de los países OECD

A principios  de los años setenta, los denominados “treinta años gloriosos” en que las políticas keynesianas de incentivo a la demanda generaron un aumento inédito en las tasas de crecimiento económico, productividad, inversión y -lo más importante- los niveles de vida de la población, cayeron en una crisis de “estanflación”: el bajo crecimiento económico y la alta inflación pusieron en el tapete los límites de las políticas de pleno empleo y demandaron de los gobiernos reacciones de política que los pusieron en trayectorias distintas. Como muestra Fritz Scharpf en su trabajo clásico sobre el episodio, países como Inglaterra, Suecia, Alemania y Austria entraron a la crisis en situaciones similares, tanto en términos económicos (crecimiento, empleo, inflación) como políticos (gran agitación y radicalización de las demandas sociales, todos ellos con gobiernos de corte socialdemócrata a la cabeza), sin embargo salieron de ella a finales de la década con resultados completamente distintos: Inglaterra obtuvo los peores resultados (alto desempleo e inflación fuera de control); Suecia mantuvo los niveles de empleo sin lograr controlar la inflación; Alemania bajó la inflación, pero sin lograr buenos resultados en empleo, mientras que Austria logró el mejor desempeño: mantuvo el pleno empleo y logró controlar la inflación. La variable clave, a juicio de Scharpf, no fue el tipo de política prevaleciente (monetaria o fiscal), sino la presencia o no, y el funcionamiento, de las instituciones de concertación social –o “neocorporativas” para evitar asociaciones odiosas- que permitían ajustar la política salarial. Estas instancias de negociación centralizadas, donde empresarios y trabajadores -o ante la debilidad de los sindicatos, el estado en nombre de ellos-, definen en conjunto el salario mínimo, permitieron establecer la discusión sobre bases más amplias que sólo el nivel de los salarios. La clave en el caso de Austria fue la capacidad de estas instancias de permitir una verdadera negociación: los trabajadores moderaron sus pretensiones salariales, pero con una moneda de cambio, el aseguramiento del pleno empleo por parte de los empresarios. Mientras la inexistencia de dichas instituciones en Inglaterra sepultó al laborismo y abrió paso a la reacción Tatcheriana, la debilidad relativa de dichas instituciones en Alemania hizo prevalecer el mandato anti-inflacionista del Deutsche Bank. Por otro lado, el poder de los sindicatos suecos que les permitió imponer sus pretensiones salariales sin contrapeso tuvo el efecto análogo de sentar las bases de la liberalización y el repliegue del estado de bienestar de los años ochenta en dicho país –guardando las proporciones.

Instituciones neocorporativas y desempeño económico

El concepto y las investigaciones sobre instituciones neocorporativas fueron desarrollados en los años setenta y ochenta por cientistas políticos y sociólogos como P. Schmitter, G. Lehmbruch, C. Crouch y W. Streeck. Una de las ramificaciones más relevantes de estas investigaciones fue aquella llevada a cabo por Peter J. Katzenstein[1] quien estudió la relación entre neocorporativismo, el buen desempeño económico y la estabilidad política de los estados pequeños de Europa del norte (Bélgica, Holanda, Dinamarca, Austria, Suiza, Noruega y Suecia). La tesis de Katzenstein es que debido a su tamaño, estos países son altamente dependientes de los flujos de capital y las tecnologías de los países más grandes, lo que hace necesaria una política activa de integración internacional (es decir, la apertura comercial es inevitable). Sin embargo, y este es el punto fundamental, para contrarrestar la vulnerabilidad a la que esta apertura los expone, lograron desarrollar una estrategia de ajuste flexible a las transformaciones de la economía internacional centrada precisamente en la utilización de las instituciones corporativas desarrolladas en los años de la posguerra. De acuerdo a Katzenstein, estas fueron esenciales en el buen desempeño económico que lograron estos países en el ajuste de los años setenta, ya que permitieron precisamente ofrecer una moneda de cambio a las fluctuaciones del mercado: compensaciones bajo la forma de políticas sociales extensas, política fiscal contra-cíclica, flexi-seguridad, etc. Gracias a esto, estos países no sólo lograron –y siguieron logrando durante los 80’ y 90’- seguir el paso de las transformaciones y los requerimientos de los mercados mundiales, sino también han logrado mantener los niveles de empleo y la elevada calidad de vida de sus poblaciones, además de mantener la –nada despreciable- estabilidad política.

Sobre el salario mínimo, la lucha de clases y las lecciones de la historia

Más allá de presentar las instituciones neocorporativas como la panacea, y teniendo en cuenta las grandes diferencias en las situaciones sociopolíticas y económicas de Chile y de los países que adoptaron estas estrategias en el período de la posguerra, se ha querido con esta breve reseña abrir un nuevo flanco en la lucha estratégica por penetrar la actual configuración económica y política chilena tomando como referencia la negociación por el salario mínimo. La discusión entre la importancia del nivel del salario o la moneda de cambio reedita finalmente una vieja pugna entre marxistas e institucionalistas en el estudio de la economía política de los países avanzados. En un contexto en que el poder de los trabajadores alcanzó su peak, los primeros apostaron por la radicalización del conflicto de clases mientras los segundos por su institucionalización en instancias neocorporativas. Los resultados, más allá de las inclinaciones personales, fueron inapelables: en los países que siguieron la primera estrategia las conquistas sociales sufrieron derrotas estrepitosas (especialmente en Inglaterra con el ascenso del Thatcherismo, pero  también en Francia con el fracaso de Miterrand, y en Italia a inicios de los 90’). Las alzas salariales pueden revertirse rápidamente de un año a otro cuando las fuerzas de la negociación son más débiles, o sencillamente por un alza súbita de la inflación como ha ocurrido en los últimos años. Los empresarios, como lo definió magistralmente Michael Kalecki hace más de 50 años, pueden fácilmente “botarse a huelga”, trasladar su capital de un país a otro, o sencillamente cambiar capital productivo –inversión- por capital financiero –especulación-, todas ellas estrategias que se han vuelto más fáciles en las décadas recientes. Las políticas públicas, en cambio, especialmente cuando se transforman en ley, tienen mayor permanencia. Parece relevante por tanto intentar buscar una moneda de cambio que permita sentar la negociación por el salario mínimo dentro de una estrategia de conquista social con consecuencias políticas y económicas de mayor alcance. Estas pueden ir desde objetivos modestos cuando las fuerzas son modestas -adecuación del sistema de capacitación, mejoramiento del  seguro de desempleo-, hasta objetivos mayores cuando las fuerzas son mayores: reformas tributarias y transformaciones del sistema educativo, entre otras.


[1] Ver su actualización de la discusión en “Small States and Small States revisited

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