Inversión, innovación y desarrollo productivo ¿quién se hace cargo?

Posted on diciembre 26, 2011

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Comentario de noticia: BioBio Chile

La inversión es un componente clave del desarrollo productivo. El mainstream económico dice que la mejor foma de asignar recursos financieros a nuevas actividades productivas es a través del mercado. Siguiendo la idea estrella de Friedrich von Hayek, dada la complejidad de las economías modernas, el Estado no puede saber con exactitud cuándo, cuánto ni cómo asignar recursos para inversión; el mercado, en cambio, permite que el conocimiento distribuido en una red de actores desconocidos los unos a los otros, sea coordinada gracias a un mecanismo descentralizado y eficiente. En la medida que haya competencia por recursos de capital, esta alentará a que mejoren los proyectos de inversión, y por lo tanto, todos sadrán ganando, inversionistas, productores, y la sociedad en su conjunto.

A decir verdad, pocas economías han logrado el desarrollo mediante dicho mecanismo; más aún, tal como lo estudiaran sucesivamente autores como Polanyi (para el caso de Inglaterra), Gerschenkron (para el caso de Francia y Alemania) o más recientemente Albert Hirschmann, Peter Evans y Alice Amsden para América Latina y el Sudeste Asiático, sin instituciones, los emprendedores Schumpeterianos difícilmente pueden hacer honor a dicho apellido; y entre ellas, el rol del Estado es crucial. Este fue clave en el fomento sostenido y de largo aliento al desarrollo industrial mediante inversión pública, que permitió que países como Japón primero, Corea del Sur y Taiwán luego, y otros después, desarrollaran un empresariado nacional con capacidad de innovación de largo plazo que logró generar  marcas y productos competitivos de alta tecnología para los mercados internacionales. El desarrollo trunco de países como Brasil y México, quienes cumplieron con el primer tiempo, pero no lograron sostener altas tasas de inversión pública durante todo el partido, ha sido igualmente documentado por dichos autores (ver también Palma, 2010). Las capacidades adquiridas, sin embargo, quedaron esperando su turno, y hoy se convierten en los puntales de un nuevo foco de desarrollo en la región (leer artículo de La Tercera).

Pocos países, incluso una vez desarrollados, han confiado en los mercados de capitales liberalizados para mantener sus patrones de industrialización y desarrollo. Es el caso de la mayoría de las economías exitosas del norte de Europa, especialmente Alemania, donde una estrecha relación entre empresas y bancos de inversión asegura flujos de recursos financieros de largo aliento que permiten sustentar la innovación (ver Hall y Soskice 2001). Incluso los Estados Unidos, el país donde supuestamente los mercados de capitales cumplirían un rol central en producir patrones de innovación radicales como los observados en Sillicon Valley, dependen en gran medida de “capital paciente” que no se deje influenciar por tasas de rentabilidad de corto plazo y las variaciones en la bolsa de valores, y permita a los proyectos madurar (ver Crouch, 2005). Después de todo, como decía Keynes, la inversión, en tanto bien público, no puede depender de las actividades de un casino (sic). Ello se ha hecho evidente con el colapso de los pocos países candidatos a “milagro” liberal, como Irlanda o Estonia, luego del desinflamiento de sus bubujas inmobilliarias.

En Chile, todo lo contrario. No sólo el estado no se inmiscuye en el desarrolo productivo y cierra toda posibilidad a liderar dicha senda (leer artículo de La Tercera); no sólo se confía ciegamente en que a aquellos “intachables” agentes del desarrollo -los empresarios- les caiga más temprano que tarde el espíritu schumpeteriano del cielo; sino que se hace depender el bienestar del país y de las futuras generaciones en unos pocos Señores que viven de las rentas que les deja la expoliación de los recursos naturales de todos los chilenos.

Para generar desarrollo e innovación, se necesitan los actores correctos; un empresariado comprometido con el desarrollo nacional y no una “lumpenburguesía”; y por sobretodo, un Estado que apoye el desarrollo y no un mero supevisor pusilánime.

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